En situaciones de crisis que no sabemos cómo afrontar: una ruptura amorosa o una separación matrimonial, un despido laboral, etc.
Cuando se tiene una sensación de malestar general: tristeza o angustia sin motivo aparente, temores que nos paralizan.
Si percibes trabas en tí mismo para llevar adelante algún proyecto que te interesa especialmente.
Cuando se vive una relación de pareja conflictiva, rutinaria o claramente insatisfactoria o que atraviesa una etapa de crisis.
Si se tiene dificultades permanentes para relacionarse con las personas o para conseguir lo que uno se propone.
Cuando aparecen síntomas que nos desconciertan y nos cuesta sobrellevarlos (ideas obsesivas, miedos “absurdos” o ataques de pánico o de llanto).
Si la agresividad o la violencia se han instalado en nuestra casa o se presentan ciclos violentos alternados con períodos de tranquilidad.
Cuando la relaciones con los hijos adolescentes son particularmente conflictivas.